DOMINGO 18º T.O. (A)
(Mt 14,13-21)
La Eucaristía celebra una entrega, un estilo de vida, un servicio auténtico manifestado en la búsqueda de justicia, en una dinámica de amor-caridad.
Sin embargo, el amor-caridad ha sido con frecuencia adulterado, reducido espiritualmente a consuelo de atribulados, agobiados y en lo material a limosna-calderilla sobrante. Para restituirle su sentido original se definió que la caridad era y es amor. Pero también el amor ha sido prostituido por la demagogia, la retórica o la mera palabrería sin el poder transformante que cambia profundamente a toda persona.
Un primer paso para rescatar el amor-caridad consiste en situarlo como constitutivo antropológico humano. No puede quedar reducido sólo al ámbito personal, familiar, sino que implica una relación yo-nosotros/as, yo-hermanos/as, yo-aldea global, casa común. Sin acción transformadora del mundo, no hay caridad, no hay amor. El amor cristiano es caridad política; ha de alcanzar a la sociedad entera, es universal.
El prójimo del evangelio no es sólo el que está próximo sino el que padece cualquier clase de necesidad, el descartado, el desvalido. Los actuales vulnerables no son hoy sólo personas aisladas, sino clases sociales y países enteros. La liberación y su celebración cristiana sólo son posibles a partir de la práctica del amor-caridad política.
Los quehaceres y valores que predominan en la sociedad actual no responden, por lo general, a los interrogantes que procuran sentido último y pleno. Se manifiestan vacíos, superficiales, indiferentes. El profeta Isaías lo advierte con claridad “Venid y comed… Venid a mí: escuchadme y viviréis” (55,1-3)
Asimismo, el Salmo 144 nos recuerda la bondad, la generosidad y la desmesura y misericordia del Señor con todas sus criaturas.
La segunda lectura, el ‘himno al amor de Dios’ es, sin duda, una de las páginas más bellas, profundas y consoladoras de Pablo (Rom 8,35.37-39). Desde su experiencia mística, el apóstol nos revela que, a pesar de las apariencias, para el creyente ya está todo ganado, que no hay obstáculos ni méritos por superar. ¿Por qué nos empañamos en conseguir resultados, éxitos?
El evangelio de hoy nos sitúa en plena realidad. Probablemente responde a una situación del pueblo que experimentó más de una vez. Durante tres domingos hemos escuchado las parábolas de Jesús. Hoy escuchamos una ‘parábola en acción’. No se limita a predicar el Reino de palabra, sino en acción. Aquella alianza eterna anunciada en el rico banquete imaginado por Isaías, se hace efectiva en Jesús, pródigo, abundante en gracia y pan, generoso en perdón y segundas oportunidades…
La clave del relato está en las palabras de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. En realidad, no hubo ‘milagro’ entonces ni lo hay hoy tampoco. Como seguidores/as de Jesús se trata de compartir y poner a disposición de los hermanos y hermanas nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestra disponibilidad, nuestros conocimientos, nuestra comprensión, nuestras intuiciones más profundas para seguir avanzando en la humanización de las personas. ¿Lo hacemos realmente o nos lo guardamos para nosotros mismos?
Una Iglesia verdaderamente evangelizadora deberá emplearse a fondo no en salvaguardar y defender sus derechos, ‘sus privilegios’, sus dogmas, sus estructuras de poder, el concepto de pureza e impureza y los nefastos dualismos que siguen vigentes todavía, sino los Derechos Humanos de todo el Pueblo de Dios (LG). Todos ‘laos’ sin distinción de razas, género, clases, procedencia… igualdad fundamental de todos los/as bautizados/as, tanto laicos como clérigos. Todo ello fundamentado en unos puntos clave del Evangelio que la Iglesia sigue sin reconocer en su totalidad, especialmente a las mujeres: acceso a la palabra, a la participación plena en los ministerios eclesiales, a la dignidad de toda persona humana.
Seguimos esperando una comensalidad abierta para rehacer la humanidad que supone la solidaridad y la cooperación de unos con otros.
¡Shalom!
Mª Luisa Paret
