Fe Adulta

El tesoro está ya en nosotros

26 de julio

Mt 13, 44-52

La mirada de la mente es miope y reductora. Incapaz de traspasar el nivel de las formas, las absolutiza, reduciéndonos a nosotros mismos en una forma más, al identificarnos con el yo. A partir de ese error de origen, es inevitable que la lectura que hace sea autorreferencial y en clave de carencia. Dado que nos ha identificado con el yo, solo cuenta aquello que le ocurra al yo. Será bueno o malo aquello que, respectivamente, lo sostenga o lo amenace. Y dado también que percibe al yo como radicalmente necesitado, creerá que su plenitud se halla “fuera” —¿dónde?—, introduciéndonos en una carrera tan ansiosa como estéril.

Frente a la lectura mental, las personas sabias recuerdan constantemente que ya somos lo que buscamos. Que somos la plenitud anhelada y que el tesoro, no solo no está lejos, sino que constituye nuestra misma identidad. Solo nos falta caer en la cuenta y reconocerlo. Esa es la propuesta de todo el llamado “camino espiritual”, que toma forma de invitación: “Conoce lo que eres”, descubre tu verdad.

Ciertamente, no se trata de un camino exento de dificultades ni de trampas. Porque puede asumirse aquella afirmación como una creencia más, sin haberla experimentado. Y porque, si antes se absolutizaba el mundo de las formas como si fuera el único, ahora se puede caer en el engaño de absolutizar el Fondo común, ignorando o despreciando las formas.

El camino espiritual es un camino sencillo y sutil: nace de una vivencia experimentada, que da como resultado una mirada afinada. Y aporta la comprensión que contiene la clave y el secreto de toda la existencia: somos el tesoro que siempre hemos buscado, intentándolo atrapar. Aun experimentándonos en una forma necesitada, limitada, frágil y carenciada, somos plenitud que se desborda.

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