III Domingo de Pascua
19 de abril
Lc 24, 13-35
Más antes que después, si vivimos esperando que se realicen nuestras expectativas, aparecerá la decepción. La decepción es lo opuesto a la paz y a la alegría. Sabe a fracaso y claudicación. Y suele ser una actitud característica del yo que se ve reiteradamente frustrado. Ciertamente, la decepción es hija de la expectativa.
Tal constatación no significa que haya que renunciar a expectativas. Lo que importa es poner luz en ellas, para saber cómo y desde dónde las estamos sosteniendo.
Cuando vive en nosotros la motivación de poner luz en todo lo que nos ocurre —también en este campo de la decepción—, la dificultad se convierte en oportunidad. La decepción —aceptada— es vivida como fuente de cuestionamientos, que no buscan reprocharnos ni culpabilizarnos, sino seguir aprendiendo. Por eso, al sentirme decepcionado, puedo hacer lugar en mí a preguntas como ¿dónde estaba poniendo mi vida?, ¿en qué creía estar apoyado?…
Desde esta perspectiva, puedo ver la decepción como un protector, con una intención buena —evitarme el dolor— y con una información muy errada —ilusionarme con algo impermanente es peligroso, dado que, por definición, lo impermanente es transitorio o incluso fugaz.
Vista como un protector, agradezco a la decepción su voluntad de protegerme del dolor y actualizo su información: puedo ilusionarme sin buscar apropiarme del resultado. Si me dejo vivir alineado con la vida, podré acoger todo aquello que la vida vaya trayendo. Sabré vivir en paz, porque habré aprendido a gestionar las inevitables frustraciones y a convivir con ellas.
Y quizás haya descubierto una regla de oro: nada realmente real puede destruirse, y lo que puede destruirse no es realmente real.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
