Mt 3, 11-17
«Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él»
Jesús crece en una sociedad de desiguales; de genta grata a los ojos de Dios, a quienes concede toda clase de bienes, y gente abandonada de su mano por causa de sus pecados, a quienes envía toda clase de calamidades. Y esa concepción de Dios propugnada por los doctores y grabada a fuego en el espíritu de todo israelita, fue generando en él un cúmulo de dudas que, lejos de disminuir, fueron creciendo con el tiempo.
Porque a Jesús se le revolvían las entrañas a la vista de la miseria, la enfermedad, el desprecio y la marginación que sufría aquella pobre gente, y no podía aceptar que el Dios justo que proclaman las escrituras pudiese enviarles tanto sufrimiento por sus pecados. ¿No era acaso la esclavitud a la que nos somete el pecado nuestro mayor castigo?… Y se fue sintiendo cada vez más incómodo dentro de la fe y las tradiciones de su pueblo, y llegó un momento que aquellas dudas se hicieron insoportables y sintió la necesidad imperiosa de salir de aquella situación… ¡Salir!…
Pero, salir ¿a dónde? ¿para qué?… Recordaba la llamada de Dios a Abraham: «Sal de tu tierra»… y a Moisés: «Saca a mi pueblo de Egipto». Pero Abraham era el mayor de los patriarcas y Moisés el más grande caudillo de Israel; el libertador, el legislador… ¿Cómo podía recibir una llamada semejante un pobre artesano perdido en una remota región de Galilea?… ¿Qué podía salir de Galilea?
Se enteró de que un gran profeta llamado Juan predicaba y bautizaba a orillas del Jordán, y decidió abandonarlo todo y salir a su encuentro. Se despidió de su familia y partió. Como dice el evangelio de hoy: «Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él».
Juan era un profeta enfrentado al sistema; un hombre austero y exigente consigo mismo que recorría el Jordán invitando al pueblo a volver la espalda al pecado. El gran éxito de Juan provenía del hecho insólito de abrir una puerta de salvación al pueblo llano y depauperado. A aquella chusma maldita a los que todos despreciaban, les decía que la salvación no está reservada a los selectos, sino a todos los que se conviertan arrepintiéndose de sus pecados.
Aunque Juan predicaba un Dios justiciero que castigaba implacablemente a los impíos, en cuanto se conocieron congeniaron de tal modo que Jesús se incorporó al grupo de Juan y permaneció con él durante un tiempo. En aquel ambiente de oración y penitencia fue intuyendo a un Dios muy distinto del que le habían transmitido desde niño; Dios no era el Juez que nos juzga por nuestros pecados, es el que nos ama con locura y nos ayuda a salir del pecado. «Dios es para nosotros –pensó– lo que mis padres para mí cuando era muy pequeño; Dios es Abbá»… Y aquel sentimiento filial que nació en él, le movió a compartir su descubrimiento con todos, porque la noticia que les podía dar era la mejor noticia que alguien podía recibir: «He conocido a Dios y es mucho mejor de lo que nadie habría podido imaginar».
Volvió a Cafarnaún con un grupo de galileos que había conocido en el Jordán, y decidido a proclamar a Abbá y su Reino de amor y justicia a los cuatro vientos. Un sábado, Jesús se levantó en la sinagoga, se dirigió al estrado y tomó la palabra: «Oísteis que se dijo a los antiguos… pero yo os digo…».
Ya no había que esperar más, la novedad de la nueva Noticia ya estaba aquí, junto a nosotros. ¡El vino nuevo había empezado a llenar los odres viejos!
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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