Fe Adulta

La aparente insignificancia de la sal

Domingo V del Tiempo Ordinario

8 de febrero

Mt 5, 13-16

La sal otorga sabor a los alimentos en la medida en que se disuelve. La persona enriquece las relaciones en la medida en que el yo se hace a un lado, hasta pasar desapercibido.

Somos sal porque somos vida y cauce de vida. Cuando el yo se hace a un lado, lo que queda es vida en toda su limpieza y fecundidad, que se manifiesta y experimenta como presencia que humaniza y da sabor a todo lo que vivimos y hacemos.

Es un regalo impagable encontrar a alguien que, por vivir desapropiada y amorosamente, se convierte en presencia que acoge, escucha, acompaña, comparte y camina con nosotros. Esa esa presencia de calidad la que despierta vida a su paso.

Somos sal que da sabor en la medida en que nos reconocemos y nos vivimos como presencia consciente. Presencia, en primer lugar, para nosotros mismos, pasando así de una sensación de distancia o indiferencia a un sentimiento de amor y de aprecio, que hace posible nuestra paz interior, el gozo y el amor a los demás. Y presencia también para los otros, a quienes sabemos ver en su belleza original y en su radical unidad con nosotros mismos.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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