Aunque no nos demos cuenta, la Palabra nos acompaña ayudándonos a caminar con más humanidad y más fe. Agradezcamos al Señor la luz de la Palabra.
Navidad es tiempo de regalos. Papa Noel, Los Reyes, el tío de Nadal en Cataluña, el Apalpador en Aragón, el Olentzero en Navarra y el País Vasco, las rondas de regalos en la Rioja, etc. Darse un regalo es un lenguaje que tenemos los humanos para indicar que, en realidad, lo que queremos darnos es el corazón, la felicidad, la dicha.
Dice el texto evangélico que hemos leído que LA GRACIA Y LA VERDAD NOS HAN LLEGADO POR MEDIO DE JESUCRISTO. Esos han sido para nosotros los regalos de Jesús: la gracia (el gozo, la compasión, la dicha, el amor) y la verdad (el sentido, la orientación, los sueños, las utopías).
¿Cómo agradecer los regalos de Jesús hoy?
· Agradece la vida: es, sin duda, el mayor de los regalos. Más allá de sus límites, la vida nos posibilita ser personas y vivir con dignidad. Quien agradece la vida ama la vida y trabaja para que los daños y precios que hay que pagar sean los mínimos.
· Agradece la familia humana: porque los demás, a pesar de sus fallos, son un tesoro para nosotros. Efectivamente, yo soy persona en la relación con los otros; ellos me dice quién soy, ellos me ayudan a ser.
· Agradece la fe: porque la fe no es, ante todo, un conjunto de normas y creencias, sino una oferta de valores, una oferta de amor. Creer no es una obligación, sino una suerte.
Jesús es el gran regalo para el creyente. Nuestro aprendizaje catequético de la fe nos hace entender a Jesús como Hijo de Dios, Salvador, segunda persona de la Trinidad, Sumo Sacerdote, etc. ¿Por qué no entenderlo como un regalo? Cuando en Navidad dos personas que se aman se dicen: “Tú eres el mejor regalo para mí” se están diciendo una profunda verdad. ¿No podríamos decir a eso a Jesús? ¿No sería esa certeza algo más valioso que las frías frases de un credo oficial?
Si Navidad es tiempo de regalos también habría de ser tiempo de sobriedad. Decía el recordado Papa Francisco: «La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos» (LS’ 222). Agradecer es amar, no lo dudemos.
Fidel Aizpurúa Donazar
25 de diciembre de 2025
