Fe Adulta

La vida no muere

Domingo XXXII del TO

9 de noviembre

Lc 20, 27-38

El mecanismo psicológico de la proyección, que ha llevado al ser humano a crear dioses a su propia medida, le ha hecho igualmente configurar un “más allá” de la muerte, de acuerdo a sus propias expectativas. De este modo, el cielo o paraíso parecían ser una mera continuación de esta existencia, liberada por fin del sufrimiento.

Un mayor conocimiento de nosotros mismos y de nuestros modos mentales de funcionar nos hace necesariamente más cautos, desconfiando de aquello que guarde parecido con lo que es (o puede ser) obra del mecanismo proyectivo.

En ese sentido, me parece importante distinguir entre lo que es mera proyección, nacida del deseo -o de la otra cara de este, el miedo-, y el Anhelo que nos habita y que, a diferencia de aquel, se caracteriza por la desapropiación.

En realidad, el Anhelo no busca nada para el yo, ni siquiera su propia perpetuación. Tampoco cae en la trampa de crear narrativas que lo tranquilicen. El Anhelo no es sino la voz de la vida que se expresa en nuestro interior, recordándonos que somos vida, y que la vida no muere. Todo lo demás no pasan de ser constructos mentales carentes de fundamento real.

El sujeto de la proyección, creador de expectativas y fabricante de mundos imaginarios, es solo el yo -necesitado y asustado-, en su afán de asegurar su propia pervivencia. Por eso, en la medida en que nos desidentificamos de él, porque hemos comprendido que no constituye nuestra verdadera identidad, el miedo desaparece y dejamos incluso de plantearnos preguntas sobre qué hay después de la muerte.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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