Fe Adulta

Templos y mercados: Una alianza muy peligrosa

Juan 2, 13-22

Podemos cerrar los ojos e imaginarnos la escena: Jerusalén ha duplicado su población porque miles de personas acuden a celebrar allí la Pascua, como es preceptivo.

Los vendedores del templo están prestando un gran servicio. En el atrio de los gentiles ofrecen ovejas, terneros, bueyes y palomas. Estos animales han pasado un control de pureza ritual que los convierte en aptos para el sacrificio en el templo. En otro lugar de Jerusalén se puede comprar ganado cebado para el consumo casero, pero está prohibido consumir carne de animales, como los caballos, asnos o liebres.

Los cambistas reciben monedas con la efigie del emperador o de ciertos dioses paganos, las pesan, y las cambian por monedas de uso interno, acuñadas en el templo. Sólo con estas monedas, que no están impuras, se pueden pagar las ofrendas y sacrificios y se ofrecen las limosnas. Pero estos cambistas, a menudo, trucan las básculas, abusan de la ignorancia de los más pobres y entregan un cambio injusto. Les queda un margen económico que les enriquece día tras día.

El templo se ha convertido en el banco central del judaísmo. Recibe mucho dinero y genera mucha riqueza. Se depositan allí grandes cantidades de dinero, de capital privado, que sirve para hacer préstamos con un alto interés.  

Sacar grandes ventajas del templo, por cualquier motivo, era considerado falta grave. Pero la clase sacerdotal tenía un gran negocio. El sumo sacerdote Ananías pasó a la Historia como “astuto hombre de negocios”.

Podemos afirmar que, como ocurre con los bancos de ahora, el templo de Jerusalén era una institución intocable. El gesto de Jesús, en este contexto, es intolerable, por eso la balanza se inclina, definitivamente, hacia su condena y muerte.

Cuando se va a celebrar la fiesta de la liberación de la esclavitud, cuando el pueblo se prepara para celebrar la Pascua, Jesús quiere liberarlo de otras “ataduras” que pudieron tener sentido en otro momento de la Historia, pero ahora someten al pueblo a la clase sacerdotal y a sus rígidas normas de purificación en el templo.

Jesús se atreve a hacer un gesto claro y profético, marcando un tiempo nuevo y unas formas nuevas en la relación con Dios. Allí donde está el Arca de la Alianza, allí donde se cree que la presencia de Dios es real, Jesús destruye un negocio que genera grandes riquezas a un grupo y oprime a los más pobres. Con este gesto denuncia que se ha profanado el templo y se ha perdido el sentido que tiene, como espacio de encuentro con Dios y con la comunidad judía.

Jesús le había indicado a la samaritana la importancia de adorar “en espíritu y en verdad”. Ya no es necesario sacrificar animales para recuperar la pureza legal. Ya no hace falta “comprar” la bendición y el perdón de Dios, con unas monedas…

Pero, pagará con su vida la propuesta de cambio, como tantos otros profetas y profetisas que le han precedido

Ahora, abramos los ojos y miremos a nuestro alrededor: ¿no quedan bastantes “mercados” en nuestros templos y en la Iglesia? ¿No hay una “mercadería” de objetos religiosos, con los que, supuestamente, es más fácil conseguir el favor de Dios? ¿Usamos esos objetos como “atajos” para llegar al corazón de Dios?

¿Son transparentes las cuentas de todos los templos y comunidades de la Iglesia Católica? ¿No hay que seguir hablando de estos temas en las iglesias y en la Iglesia, para denunciar lo que se aleja del Evangelio y seguir haciendo gestos de conversión?

¿Nos reconocemos como “templos de Dios”? ¿Reconocemos así a cada hombre y mujer? ¿Entramos en su vida con el mismo respeto que cuando entramos en un templo?

¿Qué signos podemos y debemos hacer hoy, ahora, para que la Palabra se haga carne de nuestra carne?

 

Marifé Ramos 

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