Jn 4, 5-42
«El que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed»
En su libro «La gaya ciencia», Nietzsche narra la muerte de Dios. No pretende decir que antes existía y ahora ha muerto, sino que la idea de Dios ha muerto en nuestra cultura; que ya no es el centro de nuestra existencia. Y tiene razón. Matamos a Dios pensando que ya no le necesitábamos; pensando que gracias a la ciencia íbamos a dominar la Naturaleza, vencer la enfermedad y lograr la plena felicidad en esta vida, pero dos siglos después la enfermedad subsiste, la Naturaleza agoniza, el hombre olvida su humanidad, ignora lo eterno que hay en él, no logra encontrar el sentido de su vida y trata de llenar el vacío que esto le produce a través del trabajo compulsivo, el ocio compulsivo, el alcohol y las drogas.
No cabe duda de que el mundo está sediento aunque todavía no haya caído en la cuenta de ello; sediento de alguna referencia válida que le muestre el camino, sediento de humanidad, sediento de sentido, en definitiva sediento de Dios. Y hoy Juan nos dice que Jesús sueña con apagar esa sed y nos ofrece su agua para que no volvamos a sentirla. El agua de Jesús es su Palabra que nos conforta y da sentido a nuestra vida. Y la palabra está ahí, pero el mundo la desconoce porque hemos dinamitado sus cauces de transmisión. El mejor ejemplo es la eucaristía.
La vida de las primeras comunidades cristianas giraba en torno a «la cena del Señor». Gracias a ella se sintieron comunidad, soportaron las persecuciones y fueron fértiles y contagiosas. A lo largo de los siglos la eucaristía fue la correa de trasmisión de la Palabra que ha hecho el milagro de hacer llegar a Jesús hasta nosotros. Gracias a ella, hoy Jesús forma parte de nuestras vidas, pero si unos la arrinconan porque ya no es obligatoria y han perdido el miedo al infierno, otros porque no ven más allá del rito que la envuelve y otros por pereza, los cristianos corremos el riesgo de olvidar la Palabra, perder el principal nexo de comunión entre nosotros, y convertirnos en grupos marginales en extinción que nada representen en la marcha del mundo.
Hubo un tiempo, no lejano, en que el contacto de los cristianos con la Palabra era permanente, porque cada domingo asistían a la eucaristía y allí se leía el evangelio y se comentaba (mejor o peor). Y eso se manifestaba en sus vidas. Había una forma específicamente cristiana de vivir que todo el mundo identificaba como tal y que contribuía a humanizar la sociedad. Pero en un momento dado, la eucaristía deja de constituir el centro de la vida cristiana, los templos se vacían, se pierde el contacto con la Palabra, y esa actitud de servicio motivada por la relación permanente con ella deja de ser la norma de vida entre los cristianos para convertirse en excepción.
En la eucaristía se reúnen los fieles, se confortan mutuamente con su presencia, se sienten necesitados de Dios, escuchan la Palabra (posiblemente, el único lugar donde la escuchan), recuerdan el entrañable momento en que Jesús se sintió alimento del mundo poco antes de morir, rezan conjuntamente la oración con la que Jesús nos invitó a sentirnos Hijos, comulgan con él y salen al mundo bien alimentados y bien motivados para proclamar el Reino con su vida, es decir, para ejercer de cristianos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
